Abrió los ojos, sobresaltada, y se incorporó rápidamente. Tenía los ojos llorosos, la cara empapada, y le dolía muchísimo la cabeza. Tardo unos segundos en asimilar su situación. Miró a su alrededor… estaba en un hospital, y llevaba un camisón. Hacía un momento estaba en una bañera con Mia, pero ahora… estaba ahí. ¿Qué había pasado?
-¿Mia? … ¿Angel?... ¿Dónde estáis?
-… nadie vino a visitarte. –una voz ronca y seria provenía de la cama de al lado.
-Mia… --Yoko no miró a ese chico que intentaba entablar una conversación con ella. –Mia… ¿Ha sido…un sueño?.. ¿cómo he llegado aquí…?
-…
Se incorporó y empezó a examinar la habitación. Estaba en un hospital, la habitación era amplia, pero sólo disponía de dos camas, una televisión, dos mesas para poner las mantas y un sofá. Miró por la ventana que había al lado de su cama, estaba en un piso bastante alto, así que sería la planta de reposo. Seguramente había estado unos días allí, inconsciente. No sabía que había pasado… ¿Lo había soñado todo? Recordaba haberse tropezado… y de repente, estar enfrente de su cuerpo inerte. Todo era demasiado confuso para ella.
La sensación de estar siendo observada le recorrió la espalda como un escalofrío. Miro de soslayo hacia la cama de su compañero de habitación.
Tenía la cabeza vendada a la altura de la frente, y un camisón blanco al igual que ella. Le resultaba familiar, pero no conseguía recordarle. El chico estaba escuchando música, y la miraba de vez en cuando.
-Hola… -La voz de Yoko sonó tímida e indecisa, no estaba acostumbrada a relacionarse con los demás.
-… -el chico la miró como respuesta, la única frase que había dicho supuso un gran esfuerzo para él.
Se quedaron así, mirándose, sin atreverse a hablar. Un incómodo silencio se apoderó de la habitación. Por simple nerviosismo, Yoko desvió la mirada hacia la mesita que había al lado de la cama del chico. Encima de las mantas allí dobladas, había un osito.
Un osito de peluche… se quedó observándolo, estudiándolo, como si fuera lo más fascinante que hubiera visto en su vida. Era solo un peluche, pero a Yoko le parecía el peluche más bonito de la historia. Mientras lo miraba tan fijamente, le transmitió una cálida sensación, se sintió cómoda y extrañamente feliz. El osito le arrancó una tímida sonrisa. Y no porque su mente estuviera buscando desesperadamente una excusa para no mirar a aquél chico, si no porque conocía aquel osito de peluche.
El chico notó la fijación de su compañera por su oso, y se apresuró a intentar hablar.
-E…s un …
-Regalo… -Yoko habló ensimismada. Con un tono de voz suave, parecía estar reviviendo un sueño. Y no dejaba de mirar el osito.
-S..sí, eh..¿cómo…? –Nunca terminaba sus frases, era como si las palabras le hicieran daño al salir de su boca.
Yoko se acercó al peluche, lentamente, como dirigiéndose hacia un tesoro que acabara de descubrir. Lo miró más de cerca.
-¿Cómo te llamas?
-Winny.
-… jajaja –Yoko se rió a carcajadas. –No puedes llamarte Winny, ¡cómo te llamas tú, no el osito¡
-A…h…esto… -Se sonrojó y sintió mucha vergüenza, lo cual terminó de impedir que hablara.
Yoko se acercó aún más a él, mirándole directamente a los ojos desde muy cerca, y apoyando las manos a ambos lados de sus piernas.
-Dime –Sonreía como si le conociera de siempre.
-Deisuke.
-Dei… yo soy Yoko. Y bien, ¿Qué haces aquí?
-Eh… -su corazón le latía como si quisiera salir del pecho, y estaba empezando a tener demasiado calor. Esa chica le sonreía y trataba como si le conociera y fueran amigos. Como si le viera como la persona que es y no como el chico extraño y marginado que todo el mundo veía. –Salí… el sábado… y me golpeó un coche…
-¿Saliste? ¡Qué bien¡ ¿Con quién?
-Eh… bueno… es que quería llevarle una cosa… el oso…es que una chica… osea tú te caiste en el parque y yo… bueno dije se parece a mí…y bueno…claro yo … pues eso quería traerte… como estabas aquí pues quería venir… y si parece que llegué bien sí… y solo quería ver si estabas… bien porque había…sangre y… eso. –Tomó una gran bocanada de aire tras el esfuerzo de haber hablado tanto, y miró de soslayo a Yoko, comprobando si le miraba como un bicho raro. Pero no era así, continuaba mirándole igual.
-¡ah¡ me alegro que estés bien… pero… ¡no¡ ¿Cómo me he podido olvidar? ¡Mia¡ ¡No era un sueño… Mia¡
Yoko salió corriendo. En el pasillo había muchas enfermeras, así que Yoko mientras corría por el abarrotado pasillo gritaba el nombre de su amiga. Una enfermera la interceptó.
-Tú eres Yoko no? Tranquila, vuelve a tu habitación, acabas de despertar ¿no es así? Espera que te vea…
-Una chica…se quería suicidar… ¿Dónde está?
-Ah, la suicida, está en la UCI ahora, está estable… vaya susto.
-UCI…
Volvió a salir corriendo, esquivando camillas y personal, mientras la enfermera la llamaba desde lejos. Le daba igual. Ni siquiera se dio cuenta de que llevaba un camisón e iba descalza y con la cabeza vendada. Sólo quería ver a Mia. Oyó como alguien grito algo detrás suya “!llamen a seguridad¡. Así que aumentó la velocidad. Le temblaban las piernas, apenas podía mantenerse en pie, pues había estado varios días tumbada inconsciente. Por eso iba tropezando, resbalándose… pero aún así seguía, corriendo, más y más, con todo el dolor que eso le ocasionaba.
Bajó las escaleras saltándolas. Mia estaba en la primera planta. En el último tramo de escaleras resbaló y cayó. Mientras miraba el techo, en el suelo, se sentía muy cansada, le dolían las piernas, y la cabeza. Estaba mareada y escuchaba un gran revuelo debido a su fuga. Estaban buscándola… Tenía que levantarse…
Deisuke estaba perplejo. “Qué chica tan extraña…” Se decía para sí mismo. Salió a mirar qué pasaba, y vio a varios guardas correr hacia las escaleras y a algunas enfermeras hablando exaltadas. Se acercó un poco para oírlas mejor.
-Sí sí… preguntó por la suicida y salió corriendo… Dios sabe porqué… debe estar muy desorientada, ¿Quién le habrá hablado de ella? Ya decía yo que debía estar en vigilancia constante por si despertaba… ahora mírala, se va a hacer daño…
Sintió nauseas. Hipocresía, era lo único que veía. Esas enfermeras estaban encantadas de tener algo de lo que hablar. ¿Qué más da que fuera la desgracia ajena? Deisuke odiaba eso, odiaba todo lo relacionado con las personas… porque siempre llevaban máscaras, no había conocido a nadie con profundidad nunca. Todos eran simples contenedores vacíos, sin moral, sin principios, si sentimientos. Egoístas que deseaban el mal de los demás para poder tener un tema de conversación al día siguiente. Y esa chica… era capaz de ver más allá, igual que él. Era especial. Y para ella era importante salir corriendo a ver a esa suicida… ¿Qué estaba pensando? Se estaba preocupando por alguien… hacía mucho que no se sentía así, deseoso de proteger a una persona.
Pero también hacía mucho que no recibía una mirada cariñosa y sincera.
Salió corriendo hacia el mostrador que había un poco más adelante, dónde estaban las enfermeras. Miró a los guardas que estaban ya a punto de llegar a las escaleras.
Y gritó, todo lo alto que le dejaron sus cuerdas vocales. Gritó como nunca, cogió uno de los ordenadores y lo tiró contra la pared opuesta al mostrador.
Todo el pasillo se quedó en silencio durante unos momentos, mirándole, y luego todos gritaron de terror. Los guardas fueron corriendo hacia él, sacando sus porras y esposas. Las enfermeras se abrazaron, y todos los demás se agacharon, esperando que sacara una pistola.
Pero él estaba en camisón, y descalzo. Así que hizo lo único que podía hacer: correr en dirección opuesta a su amiga.
Los gritos provenientes de la planta de arriba la despertaron. ¿Se había dormido? ¿En una situación así? Parecía que algo había pasado… eso le daría tiempo… Se arrastró hacia el ascensor, tenía que darse prisa…
Cuando estuvo dentro, se incorporó, abajo probablemente no supieran mucho de lo que acababa de pasar. Y si lo sabía, no la conocerían… ¿o sí? El caso es que tenía que aparentar que no era ella.
Salió del ascensor, estaba en urgencias. Salió a una sala de espera, que se abría hacia un largo pasillo que terminaba en una puerta amplia y verde, la UCI.
A paso tranquilo pero seguro, se dirigó hacia allí.
-Hey chica.
El corazón le dio un vuelco. ¿Qué haría ahora? ¿Correr otra vez? No… no tenía fuerzas… aparentar, era todo lo que tenía que hacer… al resto del mundo le funcionaba, ¿por qué a ella no?
-Hola… ¿Qué pasa?
-¿Quieres ver a alguien?
-Eh…sí, a mi prima… se llama Mia.
-Ah, así que eres familiar. Está bien te acompañaré.
Yoko suspiró profundamente, si alguna vez en su vida había pensado que tenía suerte, se había equivocado, esto sí que había sido suerte.
Entró en una sala en la que una veintena de camas se disponían paralelamente. Cada cama era amplia, con monitores, bombonas de oxígeno, y muchos más utensilios que Yoko o había visto en su vida. Había muchas personas allí, todas parecían bastante graves. Siguió al enfermero. Mientras andaba observaba a aquella pobre gente. Todos tenían mascarilla de oxígeno y una vía puesta. Algunos se quejaban, otros permanecían inconscientes, otros lloraban… Era horrible. El enfermero se paró de golpe y Yoko chocó con él. Iba demasiado ensimismada.
Le estaban buscando, ¿Qué iba a decir? Sí, lo de hacerse el loco era buena idea, saldría y empezaría a preguntar cosas sin sentido. Se había dado un golpe en la cabeza, lo entenderían… Pero ahora se encontraba en esa estrecha habitación, a oscuras, entre un montón de productos de limpieza. ¿Habría llegado Yoko ya a su destino? ¿Estaría bien? La duda le asaltaba, y le hacía sentirse muy mal…quería que estuviera bien y feliz. Era una persona sincera, a las personas así le tendría que ir bien todo… pero para que engañarse, sabía que no era así. A él siempre le habían ido mal las cosas… ¿por qué a él? Se había preguntado tantas noches solitarias… de pequeño, todas las burlas, siempre pensó que cuando fuera mayor y más fuerte todos le querrían, que todo mejoraría… y sólo pensó en hacerse mayor. Luego creció, obviamente. Tuvo sus 15 años… y mejoró notablemente, pero aún así seguía vacío porque nada de lo que había soñado se cumplía. Seguía siendo infeliz. Y ahora, con casi 20 años… ¿Qué era? Nada. Estaba solo, sin motivación. Porque se había pasado toda su vida soñando y dejando que el tiempo pasara. Sólo había esperado que algo tocara a su puerta. Pero iba a cambiar. La corriente no iba a llevarle durante más tiempo. No iba a esconderse nunca más.
Se levantó, decidido, y abrió la puerta de un golpe. Nunca más, nadie le pisaría nunca más, porque él era igual, no…él era mejor que todos los contenedores que le rodeaban. Él tenía profundidad. Y sueños… él y sólo él podía mejorar su vida.
Mia… Se acercó lentamente. La chica estaba tumbada en la cama, débil y pálida. Miró a Yoko con muy mala cara. No parecía la chica con la máscara de felicidad de siempre, ahora mostraba sus sentimientos. Se encontraba mal, y miraba mal. Eso le encantó a Yoko, se sintió orgullosa.
-Me alegro…de que estés bien.-Su voz sonó muy cansada y abatida. Mia la miró, y vio el estado en que se encontraba. La miró a los ojos… no, no era hipócrita, se preocupaba por ella. De verdad.
-Gracias…
Yoko oyó como unos guardas entraban por la puerta. Alguien la había reconocido. Le daba igual… ya había hecho lo que quería, pero recordó algo y se apresuró a decirlo.
-Quiero… ser tu amiga.
Se quedó perpleja. Qué chica tan extraña… ¿se habría escapado del ala de psiquiatría? Pensó no pensar en ese ala… después de todo probablemente la llevaran a ella allí tarde o temprano. Miró como se llevaban a aquella chica, que aún la miraba con cariño y le sonreía. Se sentía bien. No sabía porqué, pero mirándola había tenido la misma sensación que cuando estaba en la bañera… le había transmitido calor… y cariño, sincero, muy sincero. Ella había sido una máscara tanto tiempo. Había tenido ese muro a su alrededor durante toda su vida… y al final, la única forma de escapar de la jaula que ella misma había creado, era suicidarse. Una forma cobarde. Era una cobarde. Y una hipócrita. Había ocultado sus sentimientos y deseos pensando que era para que la gente se sintiera mejor… pero no. Ese era el camino más fácil. Por eso lo había hecho. Es tan sencillo esconder los sentimientos… y tan difícil vivir con ellos a flor de piel, dejando que el mundo los vea. Porque así los demás pueden hacerte daño, pero a partir de ese día, había cambiado. Nunca más. No volvería a ser una muñeca nunca más. Le daba igual que la golpearan, que la hicieran llorar, que la consideraran una perdedora… iba a hacer lo que quisiera en cada momento, aún a costa de ser considerada estúpida, iba a reír cuando fuera feliz, y llorar al estar triste, y gritar al tener miedo. Iba a vivir. Quería ser igual de valiente que esa chica a la que se acababan de llevar.
Aunque había decidido ir por sí mismo, parecía que los guardas estaban muy enfadados por haberles hecho correr. Así que lo llevaban cogido de los brazos fuertemente. Lo llevaron de vuelta a su cama, y le pusieron correas alrededor de muñecas y pies. Creían que estaba loco, y no se lo discutía. Un médico fue a observarle y concluyó locura transitoria post-traumática. El hecho de haber dicho que los alienígenas querían capturarle había ayudado mucho al diagnóstico.
Ahora se reía. Era muy feliz. Atado a esa cama, solo en la habitación… pero era feliz. Había escuchado que ya habían capturado a Yoko, en la UCI. Así que había llegado hasta allí… se alegraba muchísimo. Él pudo ayudarla…
Una nueva pareja de guardas cansada y sudorosa entro por la puerta, llevando consigo a una chica despeinada, con el camisón casi caído y roto, llena de magulladuras… y sonriente.
La ataron a la cama también.
Los guardas se fueron murmurando insultos hacia la pareja de locos que se hallaba en esa habitación.
Los chicos se miraron y sonrieron.
-Al final llegaste a la uci –Deisuke se extrañó de lo bien que le había salido esa frase, una extraña sensación de fuerza y seguridad le había invadido en aquel cuarto de la limpieza, y aún le perduraba.
-Sí… Algo me dio tiempo a huir…
-Alguien.
-¿? No… fuiste tú? Espera…¿Por qué estás atado también?
-Locura transitoria post-traumática… los aliens me dijeron que tirara el ordenador de las enfermeras.
-Claro…
Se miraron… y estallaron en carcajadas. Se rieron todo lo que pudieron, hasta llorar, hasta dolerle el vientre y no poder más. Se rieron para compensar tanto tiempo de llanto y lamentos. Ahora no importaba nada más que aquella habitación, y ellos dos. Conectados por alguna mágica razón. Qué más da el porqué, y el cómo… se conocían, y eso era lo único que importaba. Habían encontrado a alguien que les hacía ver el mundo como algo por lo que luchar.
-¡Hey Yoko¡ Venga que llegamos tarde. Deisuke…¿Se puede saber qué haces? ¿Quieres dejar a ese perro ya?
-Me gusta el perro…
-Dei… ¿me compras un helado?
-No me lo puedo creer… que tenemos cita con el psi…
-¿De chocolate?
-¡!!Si porfi porfi¡¡¡
-Voy…
-Dios mio… os odio… -Mia siguió a Yoko y Deisuke, que se dirigían al puesto de helados.
Mientras comía su helado, Yoko miró a sus amigos. Mia estaba sentada en un banco mirando los árboles. Desde que le había contado a los dos todo lo que pasó, se habían comportado diferente. Le habían puesto palabras a lo que sintieron aquella vez. Dei siempre abría su ventana, y Mia siempre iba al parque.
Miró a Dei, jugando con el perro, seguía siendo igual de soñador, pero ahora compartía sus sentimientos y su tiempo con ellas. Y Mia… seguía siendo una perfeccionista, pero ahora se permitía fallar y volver a empezar.
Habían empezado a ver la vida como realmente era. No buena, pero tampoco mala. Con sus momentos felices y tristes… y con amigos. Porque por mucha maldad y hipocresía que hubiera en el mundo, siempre quedan seres que iluminan el día con luz interior.
Y allí estaban, delante suya, cada uno con sus defectos y virtudes, pues eran humanos. Imperfectos, incomprensibles… pero aún así, especiales. Ahora lo veía, ahora todo estaba claro. La vida nunca está perdida, siempre se puede empezar de nuevo. Siempre queda una solución… la de aceptarse a uno mismo, y aceptar a los demás.
-Yoko… se te está derritiendo el helado.
-Sí… lo siento.
-Gracias, Angel…